La Madre Patria conmemora el trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas después de la dictadura, en palabras de una colega riojana: lo que marcó el inicio para que España caminase definitivamente por si sola y no de la mano de Franco. Ella, una mujer que antes de aquel momento, habría necesitado el permiso de su marido para abrir una cuenta corriente o sencillamente viajar.
Luego acota, “el poder de los españoles para decidir sobre nuestro país y nuestro futuro”; ese poder que ahora celebran con actos políticos, programas de televisión y abriendo las puertas del Congreso de los Diputados a todos los ciudadanos, para que caminen y reconozcan uno de los lugares más importantes donde se cocinó la soberanía popular.
Una fila que se extendía alrededor de 6 manzanas y que tomaba unos 45 minutos en recorrerla era lo necesario para ser recibido por las banderas de las comunidades autónomas que integran esa nación “una, grande y libre”. Durante el recorrido otro compañero periodista hurgaba entre las preferencias políticas de dos señoras a las que el destino hizo vivir la época franquista y puso en la cola cerca de nosotros. Una de ellas decía con tono escéptico, que la única diferencia era la cantidad de dinero que tenía para adquirir lo básico, pero que en general se vivía bien; sin embargo, cada vez que se acercaba a uno de los puestos donde regalaban agua o Coca-cola, se alegraba de la celebración y hacía alarde del despliegue de policial y lo bien que se había preparado la ocasión.
Luego de los controles de seguridad, una alfombra roja llevaba a los visitantes a esa puerta que sólo se abre para el Rey y que está custodiada por dos leones (fundidos con los cañones tomados al enemigo en la Guerra de África en 1.860). Al entrar Isabel II, parada a la derecha de la habitación que lleva su nombre, observaba a todos los que nos enrumbábamos camino a ese lugar denominado “Salón de los Pasos Perdidos” y que escenifica la política de pasillo entre los parlamentarios españoles.
Después de atravesar un par de habitaciones el hemiciclo se hizo presente. Una alfombra roja colmaba la escena, quizás no la misma que pisó Antonio Tejero Molina en 1981 durante la intentona golpista del 23 de febrero, pero nuestra entrada al recinto sí había sido por el mismo lugar que él escogió para levantar su arma. El escudo de España en el centro de la pared frontal ponía orden en el lugar, el lema “Plvs Vltra” se dejaba ver desde más allá, un vitral en el techo dejaba entrar los rayos del sol, las estatuas de Reyes Católicos no quitaban la mirada de todos los que asaltábamos el lugar, para curiosear, tomar fotos, pasear, buscar el escaño inalcanzable de ZP o sencillamente leer el periódico, mientras descansábamos los pies de la caminata que nos había costado llegar hasta ahí.
Dos pantallas ubicadas a los extremos de la cámara mostraban los movimientos y el asombro de todos los presentes, de pronto alguien exclamó: “mira, ahí estamos”, acto seguido saludaron y segundos después otra persona tomaba el roll de protagonista. Todos se sentían diputados, o por lo menos buscábamos hacerlo. Intentos de tomar el micrófono para dirigir algunas palabras al público no faltaron, pero tampoco fueron puestas de manifiesto.
En la parte baja, una señora que fungía como guía, le indicaba a varios de los presentes que las sillas azules eran para los miembros del gobierno y que Zapatero utilizaba la de la extrema izquierda por su tendencia socialista, mientras que los populares se sentaban al otro lado, también por razones de ideología, pero en las sillas de la fila superior. De pronto un señor la abordó y le pidió con sonrisas inofensivas, que no hablara de los que se sentaban del lado derecho, “porque no era necesario”.
Luego de escrutar con las retinas la silla del Presidente del Gobierno y pasear entre cuadros, mientras la puerta de salida nos esperaba, pude escuchar un “madre mía” que se le escapó a algún visitante al toparse con la imagen de un ex Presidente del Congreso... y en ese momento mi cabeza no pudo evitar hacer el ejercicio mental de transportarme desde la calle Floridablanca en Madrid hasta la Esquina San Francisco en el centro Caracas, para analizar un escenario similar, pero en ese otro punto de la tierra.
La majestuosidad de ambos lugares fue lo primero que procesaron mis neuronas, aunque no pude abstenerme de comparar otros matices, como la música que se interpretaba en el lugar para celebrar la democracia y no para reivindicar la revolución; o las camisetas que se ofertaban de color blanco y azul, con la frase “Congreso de los Diputados” en el pecho, y no las rojas que suelen regalar en Caracas con eslogan propagandísticos; para el momento en uno se discutía el Proyecto de Ley del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, en el otro la construcción del Poder Comunal o la conmemoración del nacimiento del Che Guevara; los diputados españoles tienen blogs para promover sus ideas políticas, mientras que los parlamentarios venezolanos difunden su información a través de aporrea.org o la página Web de Luís Tascón; y finalmente, en camino a la estación Sevilla del metro de Madrid se habían distribuido otros puntos con refrigerios gratis a los visitantes, sin importar la tendencia política. En la ruta a la estación Capitolio del metro de Caracas, en una celebración similar, impondrían vasos de orina e insultos, si diverges con “El Proceso”.
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