jueves 28 de junio de 2007

¿Londonizing Madrid?

Quizá no hay nada más emblemático o representativo de la ciudad: Los mercadillos de Londres son inolvidables. Adentrarse en ellos significa viajar a las raíces del movimiento Punk y a la cuna de bandas legendarias como Pink Floyd, Radiohead o Sex Pistols. Bares, peluquerías alternativas, tatuajes, música, cuero, locura, o cualquier performance tiene su espacio en estos lugares donde nada es bizarro. Es el centro del mundo anglosajón. Uno de los puntos más cosmopolita del planeta. Un lugar donde quizá ni Dios pudiese salvar a la Reina, y si intentara hacerlo, la banda sonora sería “London Calling”. Sin duda, algo más que fish and chips.
El pasado domingo el Beefeater London Market se instaló en Madrid, o por lo menos intentó hacerlo. Una razón de peso para estar en pie antes de las 10 de la mañana y olvidar lo sucedido la noche del sábado. El lugar: La Latina, muy cerca del Rastro, otro mercado que se escenifica en ese barrio, también muy popular, pero con una onda totalmente diferente.
En el metro las sandalias y los lentes de sol eran los protagonistas. Al llegar, la confusión nos llevó hasta el Rastro, donde supuestamente nadie sabía dónde habían sido instalados los londinenses con sus productos. Un señor vestido totalmente de negro gritaba: “Todo a tres pavos, pase por aquí. Este es el Corte Inglés, pero barato y sin escaleras”, luego en tono muy similar comentaba: “Soy gitano y tengo el piso y el coche pago”, aparentemente para atraer clientes. Sin embargo, la londonización seguía teniendo más poder de convocatoria.
El sol calentaba el ambiente y la temperatura rebasaba las tres decenas de grados centígrados, y aún muchos no dábamos con el lugar. Después de sudar por la caminata y por lo difícil que fue obtener información de los vendedores regulares del lugar sobre el evento, llegamos a la calle que nos llevaría a la Plaza de la Paja, donde estaba todo. Allí nos encontramos con un estacionamiento humano, todos parecían integrar una fila que llevaba al lugar.
Dos grandes carpas agrupaban a los comerciantes de Portobello, Camden Town y Convent Garden, pero la cantidad de gente en aquel estrecho lugar aniquiló cualquier iniciativa de hablar un poco de inglés o de cambiar euros por libras, para obtener un descuento en las compras. Sin pensarlo dos veces nos olvidamos de The Clash. Ni los libros, ni las antigüedades, ni los vinilos pudieron retenernos. Las colas para entrar eran dantescas y el calor infernal.

Londonize es “londonizarse”, absorber Londres, empaparse del rollo londinense, llenarse de una ciudad que crea tendencia, sinónimo de arte, de moda, de cultura, de tolerancia, de dinamismo. Londonizarse es algo tan amplio que va desde saber cómo pedir una copa en Londres (sin parecer un extraterrestre), hasta conocer cuál es el último grito de la moda, pasando por mezclarse con los vendedores de sus mundialmente famosos mercadillos.

Redirigimos nuestra marcha, pero esta vez hacia un lugar para comer. La Calle Mayor nos acercó a la Puerta del Sol e instantes después, cañas y tapas poblaron la mesa mientras nuestros ojos escudriñaban la carta. Patatas bravas, un poco de lacón, queso, y pan con aceite de oliva y orégano fueron el centro de atención. Nada de fish and chips porque nuestro vuelo a Londres en aerolínea de bajo coste fue sobrevendido y nos tocó quedarnos en Madrid. Intentamos londonizarnos, pero no pudimos.

http://www.londonize.com/

lunes 25 de junio de 2007

La verdadera celebración

Final de liga de infarto. Todos lo vivimos por la televisión, algunos pocos desde las gradas. La remontada del Madrid fue sencillamente impresionante. Ni el juego audaz de Juan Arango pudo amargar a los merengues. Y a pesar de que desde el comienzo de la semana anterior todo indicaba que sería la trigésima copa de los comandados por Fabio Capello, fue igual de sorprendente. Meses atrás, nadie habría podido pronosticar algo similar, sin ser tildado de loco.
El hecho de que el Real consiguiera la victoria no era lo que verdaderamente emocionaba a este culé confeso. Por el contrario, lo que realmente anhelaba era presenciar la celebración que ocurriría después en la ciudad. De los goles y el final del juego nos enteramos por el ruido de los vecinos, debido a que los intentos de ir a un bar para ver el encuentro fueron poco fructíferos, por no decir estériles. La algarabía dio el pitazo de salida a la plaza donde tendría lugar todo. El metro nos esperaba, pero no éramos los únicos: decenas de madridistas ya se dirigían al lugar. Después de un par de estaciones, el vagón vibraba. Literalmente. Cada vez que las puertas se abrían, la situación dentro del coche se hacía más calurosa. Todos gritaban. Niños, jóvenes y no tan jóvenes ataviados de cualquier símbolo representativo coreaban: “Campeones, campeones”. Ya el subterráneo era un merengue. Al llegar a la estación Banco de España, no quedó alguien dentro del vagón. Eso que antes parecía una multitud se vio desvanecido, de repente, por la masa que salía de las otras puertas. Sencillamente no se podía ejecutar movimiento alguno con ambos pies firmes en el andén. La confusión marcó la búsqueda de la salida, pero no hubo pánico.

Cánticos nos daban la bienvenida. Algunos coreaban “campeones” o entonaban el himno del club, pero entre una cosa y otra saltaban insultos para el delantero del Barcelona, Samuel Eto´o. La Cibeles se dejaba ver entre paneles de globos blancos, mientras el olor a hachís se hacía de todos los pulmones que intentaban alzar la voz para continuar la celebración de la Copa.
Entre los 600 mil que ahí estábamos, una niña exclamó: “jodé, han llegao”. Segundos después, el equipo completo se apoderó del lugar montado en el techo de un autobús. Inmediatamente todas las miradas estuvieron sobre ellos y la sonrisa de Beckham se hacía paso en el lugar. La diosa se mantenía inmóvil, impoluta, atónita, inexpresiva; como si nada estuviera sucediendo a su alrededor. El capitán del Real Madrid le entregó una bandera de España, una bufanda del equipo y una bandera conmemorativa, para hacerla parte de la celebración. El manto de luces que cubría el Palacio de Comunicaciones se desvaneció para dar paso a los fuegos artificiales que marcaban el fin. Con el humo, el equipo desapareció. Los que allí estábamos intentábamos lo mismo. Segundos después, la concentración era menor, pero seguía siendo inmensa. De pronto, cordones policiales se desplegaron para cercar algunas áreas y algunos de los presentes comenzaron a arrojarle botellas a los uniformados, quienes inmediatamente, respondieron con disparos de pelotas de plástico; acción que lejos de disuadir a los involucrados, promovió más violencia. La verdadera fiesta parecía haber comenzado y quien les narra, en el medio de la lluvia de vidrios y detonaciones, intentaba salir de la lucha campal: escapar de una batalla que por televisión no se ve tan divertida como en persona. De un lado, la policía. Del otro, los que “celebraban”. En el medio, los que nada tenían que ver con el asunto. En el aire, cualquier detonante o recipiente de cristal.
Una caravana de camiones antidisturbios llegaba por La Castellana. Los efectivos se reagrupaban en torno a La Cibeles, que ya parecía preocuparse un poco. Escudos y escopetas, contra botellas y piedras. Bengalas que volaban en dirección a la policía, trataban de tomar terreno. La multitud se replegaba. Se distribuía en las calles aledañas. Volvía a la lucha. Buscaba refugio. En cada acera los combatientes corrían hacia un lugar diferente. Los latidos opacaban el impacto de los percutores de las armas pertenecientes a los cuerpos de seguridad.
La adrenalina se alejaba con el peligro; como se alejó el festejo por el campeonato del Madrid. No era una disputa entre fanáticos de diferentes equipos. No, porque todos eran del mismo. Fue que un grupo de personas un poco tocado por el alcohol y quizá algo más, que no se conformó con celebrar como la gente normal sino que tuvo que arremeter contra el patrimonio de su ciudad y su policía, para expresar su satisfacción. Si fue divertido, bueno o malo, lo deberá juzgar cada quien. Lo importante es que esa noche nadie se quedó en casa para festejar y todos salieron a la calle, a la Plaza de Cibeles, a los bares, haciendo caso omiso a los rumores de atentado que supuestamente perpetraría ETA, porque quien se atemoriza, pierde la liga ante el terrorismo y quien pierde la liga, evidentemente no celebra campeonatos.

domingo 17 de junio de 2007

Las celebraciones de la democracia

La Madre Patria conmemora el trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas después de la dictadura, en palabras de una colega riojana: lo que marcó el inicio para que España caminase definitivamente por si sola y no de la mano de Franco. Ella, una mujer que antes de aquel momento, habría necesitado el permiso de su marido para abrir una cuenta corriente o sencillamente viajar.
Luego acota, “el poder de los españoles para decidir sobre nuestro país y nuestro futuro”; ese poder que ahora celebran con actos políticos, programas de televisión y abriendo las puertas del Congreso de los Diputados a todos los ciudadanos, para que caminen y reconozcan uno de los lugares más importantes donde se cocinó la soberanía popular. Una fila que se extendía alrededor de 6 manzanas y que tomaba unos 45 minutos en recorrerla era lo necesario para ser recibido por las banderas de las comunidades autónomas que integran esa nación “una, grande y libre”. Durante el recorrido otro compañero periodista hurgaba entre las preferencias políticas de dos señoras a las que el destino hizo vivir la época franquista y puso en la cola cerca de nosotros. Una de ellas decía con tono escéptico, que la única diferencia era la cantidad de dinero que tenía para adquirir lo básico, pero que en general se vivía bien; sin embargo, cada vez que se acercaba a uno de los puestos donde regalaban agua o Coca-cola, se alegraba de la celebración y hacía alarde del despliegue de policial y lo bien que se había preparado la ocasión. Luego de los controles de seguridad, una alfombra roja llevaba a los visitantes a esa puerta que sólo se abre para el Rey y que está custodiada por dos leones (fundidos con los cañones tomados al enemigo en la Guerra de África en 1.860). Al entrar Isabel II, parada a la derecha de la habitación que lleva su nombre, observaba a todos los que nos enrumbábamos camino a ese lugar denominado “Salón de los Pasos Perdidos” y que escenifica la política de pasillo entre los parlamentarios españoles.
Después de atravesar un par de habitaciones el hemiciclo se hizo presente. Una alfombra roja colmaba la escena, quizás no la misma que pisó Antonio Tejero Molina en 1981 durante la intentona golpista del 23 de febrero, pero nuestra entrada al recinto sí había sido por el mismo lugar que él escogió para levantar su arma. El escudo de España en el centro de la pared frontal ponía orden en el lugar, el lema “Plvs Vltra” se dejaba ver desde más allá, un vitral en el techo dejaba entrar los rayos del sol, las estatuas de Reyes Católicos no quitaban la mirada de todos los que asaltábamos el lugar, para curiosear, tomar fotos, pasear, buscar el escaño inalcanzable de ZP o sencillamente leer el periódico, mientras descansábamos los pies de la caminata que nos había costado llegar hasta ahí. Dos pantallas ubicadas a los extremos de la cámara mostraban los movimientos y el asombro de todos los presentes, de pronto alguien exclamó: “mira, ahí estamos”, acto seguido saludaron y segundos después otra persona tomaba el roll de protagonista. Todos se sentían diputados, o por lo menos buscábamos hacerlo. Intentos de tomar el micrófono para dirigir algunas palabras al público no faltaron, pero tampoco fueron puestas de manifiesto. En la parte baja, una señora que fungía como guía, le indicaba a varios de los presentes que las sillas azules eran para los miembros del gobierno y que Zapatero utilizaba la de la extrema izquierda por su tendencia socialista, mientras que los populares se sentaban al otro lado, también por razones de ideología, pero en las sillas de la fila superior. De pronto un señor la abordó y le pidió con sonrisas inofensivas, que no hablara de los que se sentaban del lado derecho, “porque no era necesario”. Luego de escrutar con las retinas la silla del Presidente del Gobierno y pasear entre cuadros, mientras la puerta de salida nos esperaba, pude escuchar un “madre mía” que se le escapó a algún visitante al toparse con la imagen de un ex Presidente del Congreso... y en ese momento mi cabeza no pudo evitar hacer el ejercicio mental de transportarme desde la calle Floridablanca en Madrid hasta la Esquina San Francisco en el centro Caracas, para analizar un escenario similar, pero en ese otro punto de la tierra. La majestuosidad de ambos lugares fue lo primero que procesaron mis neuronas, aunque no pude abstenerme de comparar otros matices, como la música que se interpretaba en el lugar para celebrar la democracia y no para reivindicar la revolución; o las camisetas que se ofertaban de color blanco y azul, con la frase “Congreso de los Diputados” en el pecho, y no las rojas que suelen regalar en Caracas con eslogan propagandísticos; para el momento en uno se discutía el Proyecto de Ley del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, en el otro la construcción del Poder Comunal o la conmemoración del nacimiento del Che Guevara; los diputados españoles tienen blogs para promover sus ideas políticas, mientras que los parlamentarios venezolanos difunden su información a través de aporrea.org o la página Web de Luís Tascón; y finalmente, en camino a la estación Sevilla del metro de Madrid se habían distribuido otros puntos con refrigerios gratis a los visitantes, sin importar la tendencia política. En la ruta a la estación Capitolio del metro de Caracas, en una celebración similar, impondrían vasos de orina e insultos, si diverges con “El Proceso”.

jueves 14 de junio de 2007

El Puente de Mayo

Mayo (Del lat. maius): esos 31 días que componen el quinto mes del año. Período que se inicia con la celebración del Día Internacional del Trabajador, y que, para el ciudadano común del mundo, empieza con una jornada libre para celebrar el esfuerzo que pone durante 40 horas semanales o más, en eso que le genera el sustento diario. Claro, eso en el mejor de los casos, porque para otros son una cantidad inmensurable de minutos válidos para recordar todo lo que le gustaría poder estar celebrando en la fecha.
Con suerte, el inicio de ese mes puede caer un día lunes, lo que unido al sábado y al domingo se convertiría en eso que muchos denominamos “fin de semana largo”. Pero si el calendario es un poco más benevolente y nos depara el tercer día de la semana para celebrar con los trabajadores, como ha sucedido este año, todo este juego de fechas y días se transforma en un “Puente”, ya que ese día libre de a mitad de semana nos funciona como punto de apoyo para hacer una edificación que va desde el viernes hasta el miércoles, sin escalas laborables y normalmente con fines lúdicos.
Pero aquí en España, en la Madre Patria, donde el deporte nacional es la siesta, de este inicio de mes, más que un puente, han hecho un viaducto. Las primeras 72 horas de mayo de este año fueron dedicadas a la celebración: el lunes que quedó suprimido por la ubicación de las 24 internacionales para los trabajadores del martes; el resto del tiempo a recordar el levantamiento del pueblo español contra el dominio francés, lo que Goya más tarde pondría en lienzo, como para que a ningún nativo de esta capital pueda olvidar los días libres.
Si analizamos esto con cabeza fría, nos damos cuenta de que la semana empezó el jueves, es decir, un día que también es conocido como “Viernes Pequeño” y que horas después ya el sábado estaba ahí para el descanso del fin de semana otra vez. Con el lunes ya casi el primer tercio del mes en el pasado y el resto por disfrutar. Pero al final esa semana, que fue verdaderamente la primera semana del mes de mayo, otro fenómeno similar al anteriormente descrito tuvo lugar aquí en “la tierra de las cañas y las tapas”: el 14 y el 15, se dedican a otra celebración, es decir, otro fin de semana de 4 días, debido a que el almanaque y esta Tómbola que denominamos vida, eligió para ellos el segundo y el tercer día de la semana.
La vuelta corporal al trabajo fue el miércoles 21, pero la mental, debido a la resaca y al abundante tiempo libre, no se generó hasta unos días después, cuando ya junio estaba reclamando su vigencia.
Sin embargo, esto no es del todo malo, con tantos ratos libres me alcanzó el tiempo hasta para que me creciera el cabello, lo no tan bueno es que me di cuenta de que me he quedado calvo y que los pelos que aún tengo pegados a la cabeza son en su mayoría blancos.
Desapercibido: así pasó Mayo. Sin pena ni gloria, o dicho de otra manera, con mucha celebración, por lo menos aquí en las praderas del Quijote. Mientras en otros lugares, como mi terruño, sólo 24 horas fueron las dedicadas al esparcimiento. Y la gente aún se empeña en denominarnos flojos. Quizá menos productivos, pero flojos no!