Final de liga de infarto. Todos lo vivimos por la televisión, algunos pocos desde las gradas. La remontada del Madrid fue sencillamente impresionante. Ni el juego audaz de Juan Arango pudo amargar a los merengues. Y a pesar de que desde el comienzo de la semana anterior todo indicaba que sería la trigésima copa de los comandados por Fabio Capello, fue igual de sorprendente. Meses atrás, nadie habría podido pronosticar algo similar, sin ser tildado de loco.
El hecho de que el Real consiguiera la victoria no era lo que verdaderamente emocionaba a este culé confeso. Por el contrario, lo que realmente anhelaba era presenciar la celebración que ocurriría después en la ciudad. De los goles y el final del juego nos enteramos por el ruido de los vecinos, debido a que los intentos de ir a un bar para ver el encuentro fueron poco fructíferos, por no decir estériles. La algarabía dio el pitazo de salida a la plaza donde tendría lugar todo. El metro nos esperaba, pero no éramos los únicos: decenas de madridistas ya se dirigían al lugar. Después de un par de estaciones, el vagón vibraba. Literalmente. Cada vez que las puertas se abrían, la situación dentro del coche se hacía más calurosa. Todos gritaban. Niños, jóvenes y no tan jóvenes ataviados de cualquier símbolo representativo coreaban: “Campeones, campeones”. Ya el subterráneo era un merengue.
Al llegar a la estación Banco de España, no quedó alguien dentro del vagón. Eso que antes parecía una multitud se vio desvanecido, de repente, por la masa que salía de las otras puertas. Sencillamente no se podía ejecutar movimiento alguno con ambos pies firmes en el andén. La confusión marcó la búsqueda de la salida, pero no hubo pánico.

Cánticos nos daban la bienvenida. Algunos coreaban “campeones” o entonaban el himno del club, pero entre una cosa y otra saltaban insultos para el delantero del Barcelona, Samuel Eto´o. La Cibeles se dejaba ver entre paneles de globos blancos, mientras el olor a hachís se hacía de todos los pulmones que intentaban alzar la voz para continuar la celebración de la Copa.
Entre los 600 mil que ahí estábamos, una niña exclamó: “jodé, han llegao”. Segundos después, el equipo completo se apoderó del lugar montado en el techo de un autobús. Inmediatamente todas las miradas estuvieron sobre ellos y la sonrisa de Beckham se hacía paso en el lugar. La diosa se mantenía inmóvil, impoluta, atónita, inexpresiva; como si nada estuviera sucediendo a su alrededor. El capitán del Real Madrid le entregó una bandera de España, una bufanda del equipo y una bandera conmemorativa, para hacerla parte de la celebración.
El manto de luces que cubría el Palacio de Comunicaciones se desvaneció para dar paso a los fuegos artificiales que marcaban el fin. Con el humo, el equipo desapareció. Los que allí estábamos intentábamos lo mismo.
Segundos después, la concentración era menor, pero seguía siendo inmensa. De pronto, cordones policiales se desplegaron para cercar algunas áreas y algunos de los presentes comenzaron a arrojarle botellas a los uniformados, quienes inmediatamente, respondieron con disparos de pelotas de plástico; acción que lejos de disuadir a los involucrados, promovió más violencia.
La verdadera fiesta parecía haber comenzado y quien les narra, en el medio de la lluvia de vidrios y detonaciones, intentaba salir de la lucha campal: escapar de una batalla que por televisión no se ve tan divertida como en persona. De un lado, la policía. Del otro, los que “celebraban”. En el medio, los que nada tenían que ver con el asunto. En el aire, cualquier detonante o recipiente de cristal.
Una caravana de camiones antidisturbios llegaba por La Castellana. Los efectivos se reagrupaban en torno a La Cibeles, que ya parecía preocuparse un poco. Escudos y escopetas, contra botellas y piedras. Bengalas que volaban en dirección a la policía, trataban de tomar terreno. La multitud se replegaba. Se distribuía en las calles aledañas. Volvía a la lucha. Buscaba refugio. En cada acera los combatientes corrían hacia un lugar diferente. Los latidos opacaban el impacto de los percutores de las armas pertenecientes a los cuerpos de seguridad.
La adrenalina se alejaba con el peligro; como se alejó el festejo por el campeonato del Madrid. No era una disputa entre fanáticos de diferentes equipos. No, porque todos eran del mismo. Fue que un grupo de personas un poco tocado por el alcohol y quizá algo más, que no se conformó con celebrar como la gente normal sino que tuvo que arremeter contra el patrimonio de su ciudad y su policía, para expresar su satisfacción. Si fue divertido, bueno o malo, lo deberá juzgar cada quien. Lo importante es que esa noche nadie se quedó en casa para festejar y todos salieron a la calle, a la Plaza de Cibeles, a los bares, haciendo caso omiso a los rumores de atentado que supuestamente perpetraría ETA, porque quien se atemoriza, pierde la liga ante el terrorismo y quien pierde la liga, evidentemente no celebra campeonatos.